El hijo de Sicómoro (II)

El hijo de Sicómoro (II)
No le puse ningún dique al Nilo ni cerré ningún canal. No retuve el agua de mi hermano ni robé el agua de su campo. Por eso he visto la plenitud del Ojo en Heliópolis y conozco el nombre de todos los Dioses de la Sala de las Dos Maat. (Fragmento de la Declaración de Inocencia. Capítulo 125 de El Libro de los Muertos. 1550 a. C.)

El tercer día fue de navegación. Las orillas eran un impenetrable bosque de palmeras y juncos, donde las culebras de agua, los cocodrilos y los ibis campaban sin miedo al hombre. En un pasado lejano, pensé, Tebas habría sido igual que esa selva. Algún día llegarían hasta aquí hombres como mi padre que despejarían las orillas y construirían canales de riego. Y sólo con el primer canal de riego ya florecería un pueblo lleno de vida. Me di cuenta, además, que el paisaje cambiaba vertiginosamente; apenas una jornada de camino hacia el sur y todo se transformaba con rapidez en un lugar seco y árido lleno de alimañas.

Con el amanecer del cuarto día llegué a Kab y cientos de chiquillos flaquísimos se tiraron al agua al ver el barco. El paisaje definitivamente había cambiado. Los juncos amarillos se comían el podrido embarcadero. Las casas eran de barro y los techos de palmas. Los campos cercanos al río verdeaban pálidamente, pero los más alejados eran de un color pardo como la tierra. Me recibió un hombre enjuto y quemado por el sol, parecido a una de esas estatuas antiguas de los templos, que me llevó a su casa y compartió conmigo su papilla de trigo y su cerveza. Me contó que la sequía estaba matando al pueblo, porque ya duraba muchas estaciones. Yo no me lo podía creer, pues sólo dos jornadas antes había visto la abundancia de las ciudades del norte. Comprobé que los canales eran pocos, pequeños y estaban secos, pues el nivel del río no llegaba a llenarlos y sólo recibían agua con la lluvia. Los huertos de las orillas eran regados a mano y producían pobres cosechas; pero los campos más lejanos estaban amarillos y muertos. Andando vi las osamentas de rebaños enteros sobre la desjarretada tierra. Y muchas tumbas recientes… “La sequía trae el hambre y la enfermedad-me dijo el hombre con los ojos llorosos- Y sus primeras víctimas son los niños”

Todo lo escribí, pues sentía que esto no debía ser permitido ni por hombres ni por dioses. Con el corazón encogido, seguí mi viaje hacia el sur.

El quinto día pasé por Hieracómpolis y por Edfu y los paisajes, los campos, las aldeas y los pueblos cada vez daban un aspecto más mortecino. Parecía que navegaba hacía el Reino de los Muertos, pues la tierra estaba muerta. Me contó un sacerdote, único habitante de un abandonado templo de Hep “El Barrigudo”, que la gente ya se había comido hasta los animales impuros: las serpientes, los lagartos y los mismos cocodrilos. Incluso la carroña del ganado muerto. Recé a Hep en su destartalada capilla para que el Nilo enviara su crecida antes de que la muerte fuera la única habitante de aquel lugar.

El sexto día creí que el dios me había escuchado, pues gradualmente vi que el río se había salido del lecho y se había comido las orillas. Pero conforme avanzaba mi gozo se nubló. El Nilo bajaba lleno de escombros, restos de casas y de enseres domésticos. También distinguí cadáveres de animales y de hombres varados entre las marañas de juncos. Vi pueblos enteros inundados y campos anegados. El único símbolo de vida eran los cocodrilos, que nadaban sinuosos por lo que antes habían sido calles, y los buitres, que dibujaban siniestras parábolas sobre los tejados derrumbados. Unos y otros estaban hartos por los festines que se estaban dando. De nuevo la duda y la incomprensión se adueñaron de mi mente: Ayer el pueblo se moría de sed. Hoy se moría ahogado.

El séptimo día llegué a Kom y rescaté a un joven que iba flotando en un pellejo hinchado de vaca. “El río ha vuelto a desbordarse sin avisar -me dijo- Siempre ocurre igual. Y el agua no sube poco a poco, sino que, de repente, llega una gran avenida y se lleva las cosechas, los pueblos, los ganados y las gentes” Contemplé entonces cómo los pueblos de aquella parte construían sus casas en alto, sobre recios pilares de madera, para evitar las constantes e imprevisibles riadas. Y aunque las tierras eran fértiles, sólo se dedicaban a la pesca, pues era inútil sembrar sabiendo que en cualquier momento se perdían las cosechas. Sus habitantes también eran famosos y diestros en la caza de los hipopótamos, pues estos monstruos matahombres habían ocupado aquellos lugares cenagosos.

Tras dos días más de navegación llegué a la isla de Abu “La Elefantina”, también llamada Tot-Jentit “La Frontera”, junto a la Primera Catarata que marca el confín con la Tierra de los Nubios. La ciudad era floreciente y segura,  pues al estar en una isla elevada las constantes avenidas de agua no le afectaban. Allí se encontraba el Estado Mayor del Ejército del Sur, con la misión de vigilar la frontera con el belicoso Reino de Nubia.

En la seguridad natural y militar de Abu  me quedé por espacio de una estación y vi yo mismo las continúas e inesperadas crecidas del Nilo cada vez que las cataratas rugían. Y lo escribí todo. Luego volví a la seca ciudad de Hieracómpolis y en ella me quedé otra estación, comprobando cómo el nivel del Nilo bajaba tanto que no llenaba ni los canales ni los pozos. Y también lo escribí todo. Y después de un año regresé a la casa de mi padre.

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