Sargón, el jardinero del paraíso (IV)

Sargón, el jardinero del paraíso (IV)
"Mi ciudad es Azupiranu de Akkad. Mi madre fue una gran sacerdotisa que me concibió en secreto. Cuando nací me abandonó en una cesta de junco en el Éufrates. El río me llevó hasta Akki, El Jefe de los Canales de Riego de Kish de Sumer, que me tomó como su hijo, me crió y me enseñó el arte del regadío y de la agricultura. La Diosa Ishtar se enamoró de mí y me hizo rey de Agadé y de Acadia. He reinado 56 años” (Sargón I de Acad. 2.270 a. C. – 2.215 a. C.)

Mi nombre es Sargón. Soy acadio pero vivía en la tierra de los sumerios, al sur de Mesopotamia. Mi padre era el gran Akki, a quien el rey Ur-Zababa de la ciudad de Kish nombró “El Cajón de Agua de Kish”, lo que significaba que tenía toda la autoridad sobre los canales de riego del reino. Los Dioses enseñaron a mi padre todo el arte de la agricultura y todas las técnicas para domesticar los ríos. Y él me lo enseñó a mí.

Cuando mi padre se fue con los Dioses, el rey me cedió su puesto y me entregó dos mil obreros, con los cuales excavé cientos de trasvases que llevaron el agua desde la cuenca del Éufrates hasta los lugares más alejados y desérticos de Sumer. Y planté para el rey un exuberante jardín en las mismas terrazas de su palacio de Kish, al que todos los pueblos de la tierra llamaron “Edén”. Y el rey quedó tan complacido que me entregó a su misma hija, llamada Inanna, Eva en acadio.

Muy pronto las gentes de “La Tierra entre los dos Ríos” empezaron a confiar en mí más que en el mismo rey. Mis inmensos trabajos de canalización de los ríos y de trasvases de agua salvaron a muchos de morir de sed y a otros de morir ahogados. Fue entonces cuando los sumerios y los acadios empezaron a llamarme “El Primer Hombre”, “Adán” en la lengua de los acadios. El rey Ur-Zababa, que hasta ese momento me había amado como a un hijo, enfermó de celos contra mí y empezó a planear cómo matarme. Eva y yo solíamos pasar las calurosas tardes en el Edén, bajo un frondoso árbol cargado de dulces frutos. Sabiéndolo el rey, colgó de sus ramas una serpiente venenosa de las que habitan en los juncales del Éufrates, que mordió a Eva cuando fue a coger una fresca fruta. Yo pude escapar. Pero Eva murió.

En mi huída por la Tierra me acompañaron más de cinco mil acadios. Con ellos llegué hasta la ciudad sumeria de Uruk, vencí a su rey Lugalzagesi y la conquisté. Desde allí, en muy poco tiempo, dominé todas las ciudades de Sumer y Akkad y forjé un imperio que llegaba desde “La Tierra entre los dos Ríos” hasta el Mediterráneo. Y puse mi capital en Acadia, donde construí un gran zigurat como símbolo de todos los pueblos que conquisté y todas las lenguas que hablaban.

Me di cuenta entonces que todas las guerras entre los pueblos de la tierra eran por la posesión del agua. Caín, rey de Lagash, mató a su hermano Abel, rey de Umma, porque los canales de riego no llegaban a sus campos. Los elamitas pugnaban con los sumerios por las zonas pantanosas del oeste; y en el norte, los hijos de Asur, los de Urartu y los de Mitanni por los escasos campos fértiles. En el desierto del sur, donde habitan los hijos de Abraham, las ciudades de Sodoma, Gomorra, Adma y Zeboín fueron arrasadas por el fuego cuando el gran lago dulce se llenó de sal y se convirtió en un mar muerto.

Por eso, para pacificar la faz de la tierra, mi trabajo principal como rey, fue seguir llevando el agua a todos los lugares de mi imperio. Puse un ejército de funcionarios y de obreros que desarrollaron un sistema extensivo de trasvases para llevar el agua a todas las ciudades y a todos los campos. Los canales más grandes salían directamente del Tigris y el Éufrates y eran verdaderos ríos navegables por los que, además de llevar el agua, se viajaba y se comerciaba. Y de estos grandes canales partían miles de pequeños canales y acequias que llegaban hasta el último rincón de la Tierra. También construí cisternas, para almacenar el agua en épocas de mucha sequía, y embalses y exclusas, para regular el ímpetu de los ríos durante las riadas. E inventé las norias, para que el agua llegara también a los lugares elevados. También imaginé el sistema de huertos rectangulares circundados de palmeras datileras, bajo cuya fresca sombra corrían las limpias acequias.

Puse inspectores para que controlaran que el agua llegaba a todos y que nadie se la apropiaba. Y condené a muerte a aquellos que retenían el agua y hacían pasar sed o necesidad a su hermano.

Sí. Mi nombre es Sargón de Akkad. Aunque todo mi pueblo me llama Adán “El Primer Hombre”. Di de beber al sediento y convertí el desierto en un vergel. Y entre los canales de agua, toda la tierra vivió una era de paz y prosperidad.

 

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